viernes, 5 de octubre de 2018

Mi cabeza, justo ahora, desde siempre

Escribo ésto porque una pequeña parte de mí cree que podría servirle a alguien; el resto, porque (sinceramente) me gustaría sentir apoyo, cariño, atención. No busco causar lástima, que es lo que suelen ofrecer.

Quizás sera una predisposición bioquímica, quizás se lo debo a una vida triste, pero soy una persona deprimida. Lo he sido casi desde que tengo memoria. La primera vez que contemplé el suicidio, tenía 4 años.

Y es horrible.

La gente cree que la depresión es estar triste, porque nos ve tristes, y estamos tristes, pero no es sólo eso.

Sólo soy yo, no sé si alguien más lo sienta así, pero podría describir la sensación como si unas manos heladas me estrujaran los pulmones.
En tiempos aleatorios, irregulares.
Sorpresivamente.
A veces causado por algo, pero casi siempre sólo porque puede.

Y es horrible.

Y el dolor se ha hecho más fuerte con el pasar de los años. Y sé que no es la edad, sino la acumulación de nuevas experiencias.

Nuevos dolores.

Pero siempre es el mismo dolor.

Y es horrible.

Y te empiezas a llenar de sensaciones, para todos negativas, para ti bastante familiares. Tienes la certeza, por ejemplo, de que a nadie le importa. Ya intentaste hablar, y no te escucharon. Ya intentaste pedir ayuda, y no te ayudaron. Ya intentaste gritar, y te callaron. Para los demás, en su maldita cabeza estúpida, basta con una sonrisa para pensar que estás bien. Y te enseñas a sonreir aunque no quieras. Y tu sonrisa falsa se confunde con la verdadera. Y, literalmente, empiezas a reír para no llorar. Buscas ser gracioso, buscas algo que te haga reír, buscas las risas de los demás, y te mata por dentro cada vez que finges, pero te causa la falsa sensación de que estás bien.

Y es horrible.

Poco a poco, el dolor se hace más fuerte, y tu sonrisa cada vez más frecuente. Y la gente se pregunta al ver a un suicida "¿Cómo se pudo matar? Estaba bien hasta apenas". Y la gente se sorprende. Y a mí me sorprendía tanta indiferencia, tanta incomprensión, hasta que lo entendí: el dolor es grande, la actuación es buena, la atención es poca, y sabemos bien que abrirnos a los demás nunca deja nada bueno.

"Sonríe", nos dicen, "No me gusta verte triste". Y entiendes que no les importas tú, les importa cómo se sienten ellos al respecto. No les importa empatizar, no les importan tus emociones; si pueden hablarte de cuando ellos se han sentido mal, lo hacen. Y resulta que es tu culpa por pendejo, por no saberte levantar, por no saberte animar. Por no abrirte a los demás, aunque huyan cada vez que les muestras tu dolor, aunque no te escuchen, aunque no sepan qué hacer por ti. Estás solo, no importa con quién te encuentres. Estás solo con tus recuerdos tristes, con las manos heladas dentro del pecho, con los temblores en las manos, con las lágrimas que no te puedes dar el lujo de soltar.

Y es horrible.

Y cada vez es peor.

A veces (muy pocas veces, para mí) llegan a nuestras vidas personas que nos dan el cariño que no podemos mendigarles. Y está bien. Y se siente bien... al principio. Y luego tienes miedo de ahuyentarlas, porque hay un vacío enorme dentro de ti que no puedes atreverte a pedirles que llenen. Porque tienes miedo de que también te demuestren que no les importa. Lo que es peor, aún, es que empiezas a sentir miedo de perderlos si los hartas. Estás convencido de que tus asuntos son tan insignificantes para todos que no quieres importunar a ésta gente maravillosa (y quizás, como en mi caso, prefieras desahogarte en un blog que sabes que nadie va a leer). Te da miedo depender de ellos, porque cada vez que uno se va, el vacío se vuelve más grande, cada vez más grande. Te aterra estar consciente de que tu caos no ha desaparecido, sólo se encuentra en pausa.

Y es horrible.

Hoy día, entiendo perfectamente a los casos más famosos de suicidio. No me asusta, no me preocupa, y ni me asusta ni me preocupa que no me asuste o me preocupe. Gente que parecía tenerlo todo aparece muerta, y la gente "normal" piensa que es "sin razón".

Hubo razón: su pausa terminó.

El vacío se hizo demasiado grande. Duele mucho.

Cada vez te invaden más los pensamientos tus ruegos por misericordia. Quieres que el dolor termine.

"Alguien máteme".

"Alguien máteme".

"Alguien máteme".

"Alguien máteme".

"Alguien máteme".

Y cada vez te inunda más y más. Y no puedes importunar a nadie. Nadie te va a escuchar de todas maneras. Pedir clemencia, pedir atención, pedir amor, es gastar inútilmente el tiempo de los demás.



Hasta que eres tú quien atiende tu propio ruego.


Y te matas.


Porque sabes que será la única manera en que deje de ser horrible.